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24 Septiembre 2005
57. Mascotas muertas. INT./DÍA

El jueves, una llamada mañanera de mi madre me sorprendió con una nefasta revelación. "Te llamo para darte una mala noticia: Spielberg ha muerto", me dijo a bocajarro.
La broma de mal gusto de mi madre me dejó sin oxígeno durante tres segundos. Por suerte, inmediatamente me aclaró el verdadero sentido de sus palabras. En realidad, no mentía, porque el jueves murió mi pez, al que mi madre siempre llamaba Spielberg aunque su nombre real era Steven a secas, en homenaje al nombre de pila de mi venerado director predilecto.
Steven vivió seis sorprendentes y largos años. Mi madre me lo regaló en mi último curso en Salamanca, en cuarto de carrera. Acabo de recordar que, en las vacaciones navideñas de ese curso, mientras yo estaba en Lanzarote, Zaida se llevó a Steven a su casa y se encargó de cuidar de él... Steven fue un pez con suerte.
Cuando mi etapa salmantina terminó, el pez, metido en una bolsa con agua, sobrevivió a duras penas a un agotador viaje Salamanca-Madrid en bus y Madrid-Lanzarote en avión. Desde ese ya lejano año 2000, vivía apáticamente en una típica pecera en el patio interior de mi hogar conejero.
Steven también aparece en mi primer corto, "Mar adentro", interpretando a la mascota de Blas, el personaje protagonista. El pez interpretó su papel convincentemente, sin sobreactuar lo más mínimo, y resulta muy creíble en los planos en los que nada de un lado a otro de la pecera mientras Blas le echa comida... Que me perdonen Daniel y Rous, pero Steven es el mejor actor de ese infame corto. Je.
Hasta el jueves, a todos nos alucinaba la longevidad del pez. Durante una época, contó con un compañero de pecera, otro pez al que bauticé como George, por aquello de propiciar entre ambos una amistad tan sólida y fructífera como la que Spielberg mantiene desde hace años con George Lucas. Pero George no duró ni dos meses y Steven volvió a quedarse solo en la pecera.
De alguna forma, yo sentía que la cámara con la que le apuntamos, hace ya más de cinco años, le había convertido en un pez eterno, en una especie de plano cinematográfico proyectado para siempre en el patio de mi casa. Pero no, hace tres días Steven amaneció inmóvil, flotando boca arriba en el agua. "¿Y eso? ¿Por qué se ha muerto?", pregunté estúpidamente. "Pues la autopsia no se la hemos hecho", respondió mi madre, especialmente sarcástica esa mañana. "No he querido tirarlo a la basura, está enterrado en una maceta", añadió.
La muerte de Steven me ha traído recuerdos del triste y traumático fallecimiento de mi mascota anterior: Caos, el conejo enano. Esa historia ya la conté en la web de "En otra vida". Aquí va la única foto (desenfocada, cómo no) que conservo de Caos.

Definitivamente, no quiero que nadie me regale una mascota nunca más... Me pregunto si Caos y Steven creían que existe un cielo para conejos y peces de colores. Ojalá que sí. Todo es menos doloroso cuando uno es capaz de creer que la muerte tiene algún sentido o que el cielo y una vida mejor nos esperan. Yo realmente envidio a los que tienen fe en ello.
Que el aleteo de Steven no se detenga...
FUNDIDO A NEGRO
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