21 Septiembre 2005

56. Mi casa en el fin del mundo. INT./NOCHE



Hace tiempo alguien me regaló un ejemplar de "Una casa en el fin del mundo", de Michael Cunningham. Yo en ese momento no lo sabía, pero era un regalo envenenado, al igual que la dedicatoria que la persona regaladora me escribió: "A veces es difícil distinguir lo que pasa de lo que podía haber pasado". Esta dedicatoria parafrasea una afirmación muy similar que el personaje de Jonathan, uno de los tres protagonistas, hace en varias ocasiones al principio de la novela.

Leí el libro ávidamente y luego, no sé muy bien por qué, decidí olvidar lo leído. De paso, también olvidé a quien me lo regaló... Recuerdo que la lectura me produjo a ratos un extraño desasosiego, me generó una serie de sentimientos no demasiado agradables ni identificables y algunos pasajes se clavaron en mi estómago como desgarradoras puñaladas.

Pero "Una casa en el fin del mundo" volvió a mi vida cuando Pablo decidió comprárselo hace poco. Y tuve que soportar varias llamadas nocturnas suyas en las que no paraba de hablarme de las poco etiquetables vicisitudes de Jonathan, Bobby y Clare. Me animé entonces a releer varios extractos del libro y descubrí algunas páginas que yo mismo marqué por alguna razón durante la primera lectura. En cursiva, copio algunos de mis párrafos favoritos (tranquilos, no desvelan detalles importantes del argumento):

Bobby: "Esto es lo indecible de nosotros: Jonathan y yo formamos un equipo tan antiguo que nadie podría unirse a él aunque quisiéramos. Adoramos a Clare, pero no forma del todo parte del equipo. La verdad es que no. Lo que nos une es más fuerte que el sexo, más fuerte que el amor. Somos familia. Cada uno de nosotros es el otro nacido de una carne diferente. Podemos amar a Clare, pero ella no es nosotros. Sólo nosotros podemos ser nosotros mismos y el otro al mismo tiempo".

A través de estas páginas marcadas y desde una perspectiva más digerida, me he reconciliado un poco con Cunningham y con su libro, tanto que hace unos días le regalé un ejemplar a Cucún. En teoría, Cuc no debía empezar a leerlo hasta que terminara su época de exámenes, pero no ha podido esperar y lo está devorando ya en los trayectos de ida y vuelta en autobús entre su casa y la biblioteca. "El fin del mundo es Vallecas", le dije, pero no sé si me creyó.

Jonathan: "Y ahora, por primera vez, yo quería tener algo para mí solo. No estaba seguro del motivo. (...) No sabía lo que sentía y me molestaba que me pidiesen dar un nombre a mis sentimientos. Acaso temía que al describirlos tan prematuramente iba a socavar su potencial de aumento o cambio. Quizá estaba en lo cierto".

Como veis en los párrafos reproducidos, en el libro la historia se cuenta desde cuatro puntos de vista diferentes, el de Jonathan, el de Bobby, el de Clare y el de la madre de Jonathan. A cada uno de ellos corresponden varios de los capítulos en que se divide la novela.



Y "Una casa en el fin del mundo" es ahora también una película, estrenada en Estados Unidos pero aún inédita en España. La peli, con Colin Farrell como improbable Bobby; Dallas Roberts como Jonathan y Robin Wright Penn como Clare, puede descargarse en eMule con subtítulos en castellano, pero tampoco me apetece mucho verla, y menos después de averiguar algunos de los cambios que el propio Cunningham introdujo en el guión con el fin de que resultara menos deprimente y más accesible para un público amplio y comepalomitas.

Clare: "Bobby y yo, y Jonathan y yo, nuestra mezcla de amor y amistad, la familia desequilibrada que habíamos intentado formar, había llegado a parecer sólo otro episodio insensato".

Creo que lo que más me atrae de "Una casa en el fin del mundo" es precisamente su historia tan extraña, difusa y enfermiza sobre amor y amistad a tres bandas. Cunninghan habla de un tipo de vínculo irracional, ilógico, confuso, no verbalizable, que se halla por encima de sexos y de cualquier forma de sexo. Es una novela sobre la búsqueda de un lugar propio, de un hogar, al que uno pueda pertenecer y que le pertenezca a uno, aunque se encuentre en el fin del mundo...

Jonathan, Bobby y Clare intentan crear una familia inventada, utópica, sin normas, sin roles. Cuando bromean, se hacen llamar "los Henderson"... Por eso sí que me gusta el slogan con el que venden la película, que es como lo que dice Leo en "Bailad para mí": "Tu familia está donde tú quieras que esté".

Como guionista, me interesa mucho ese tipo de vínculo inquebrantable y forjado a fuego que de repente surge entre gente antitética, no unida por ningún lazo de sangre y no destinada a conocerse. "¿Dónde lo encontraste?", le pregunta su madre a Jonathan refiriéndose a Bobby. "Él me encontró a mí", responde Jonathan...

Bobby: "...el hogar es también un sitio para escapar. Éste es el nuestro; lo tenemos para huir de él y para volver a él".

Y me despido por hoy con el párrafo estrella, el que más me gusta de todo el libro:

Jonathan: "Al parecer, ambos andábamos por la mitad del espectro del riesgo. (...) Habíamos esperado vagamente enamorarnos, pero sin preocuparnos mucho por ello, porque pensábamos que teníamos todo el tiempo del mundo. El amor parecía algo definitivo y aburrido; era el amor lo que había destruido a nuestros padres, lo que los había entregado a una vida de plazos de hipotecas y reparaciones en la casa, de trabajos sin el menor atractivo y pasillos fluorescentes de supermercados a las dos de la tarde. Nosotros esperábamos un amor de otro tipo, un amor que conociera y perdonase nuestra fragilidad humana sin empequeñecer la gran idea que teníamos de nosotros mismos. Parecía posible: si no nos precipitábamos ni nos comprometíamos, si no nos dejábamos ganar por el pánico, podía aparecer un amor a la vez desafiante y nutricio. Si la persona en cuestión era imaginable, es que podía existir".

Pues eso. Que yo también creo que puede existir.

FUNDIDO A NEGRO