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27 Julio 2005
36. La niña que acojona. INT./NOCHE

Ayer Froid y yo, en el último momento, decidimos pasar de "El amor es lo que tiene" y pagamos entrada por la cosa esta de "La morada del miedo", el insulso y prescindible remake de la ya muy cutre "Terror en Amityville", estrenada en 1979, cuando yo aún era un tierno bebé sin gafas. Pues eso, que el remake es lo de siempre, pero al menos se agradece su ritmo frenético, que vaya al grano desde el minuto cinco y que los supuestos sustos se sucedan a vertiginosa velocidad a lo largo de su escasa hora y media de duración.
No sé si en 1979 esta historia de casa encantada resultó mínimamente novedosa o escalofriante, pero, a día de hoy, su forma de asustar al personal apesta a la legua. Por lo visto, este delirio fílmico parte de un hecho real: en 1974, en Amityville, un tal Ronnie DeFeo asesinó a sus padres y a sus cuatro hermanos mientras dormían, asegurando después que en su casa escuchó voces que le animaron a hacerlo. Un año más tarde, otra familia, los Lutz, compró la casa de la tragedia. Tras veintiocho días viviendo en ella, los Lutz huyeron por patas, pues afirmaron haber sido testigos de todo tipo de hechos inexplicables en la mansión: voces, apariciones, sangre que brotaba de las paredes... Vamos, los elementos habituales de un dulce hogar...
Aunque luego se demostró que los Lutz mintieron como bellacos para lucrarse, sus batallitas bastaron para poner en pie la citada peli de 1979, unas cuantas secuelas infumables y ahora este remake que nace a la sombra del éxito de otra actualizacion cinematográfica mucho más interesante al menos a nivel visual y formal, la de "La matanzas de Texas", que se estrenó el año pasado protagonizada por esa portentosa mujer llamada Jessica Biel. Que me voy por las ramas...
El susto fácil
Froid y yo comenzamos a ver "La morada del miedo" en plan cachondeo total, y con los dos primeros sustos nos descojonamos bastante. Al tercer susto, el cagón de Froid ya no se partió el culo. Vale, en el tercer susto la puta niña con agujero de bala en la frente ya acojona un poco, pero ¿cómo no va a acojonar? Vamos a ver, ya sabemos que es un hecho: a todos nos acojonan los niños putrefactos que aparecen caminando por ahí, pero el cine no debería aprovecharse tantísimo de esto, porque comienza a resultar bastante rastrero y cansino. Ya está bien, hombre. Que así hago pelis terroríficas hasta yo.
Es como en "La maldición" (la japonesa, no la de Wes Craven) y otros títulos recientes del muy endiosado terror asiático, que basan su "eficacia" en colocar en los rincones más recónditos de una casa a un niño feísimo y con la cara pintada de blanco. En el caso concreto de "La maldición", la película se estructura en torno a sucesivas apariciones inesperadas del niño espantoso: dentro del horno, debajo de las sábanas, detrás de las puertas... Cómo no va a acojonar eso... Y para dejar descansar al niño de vez en cuando, también tienen a una loca despeinada que baja las escaleras arrastrándose de forma lentísima y poniendo caretos. Señores, hay que currárselo un poco más.
Volviendo a Amityville, se supone que la niña putrefacta de "La morada del miedo" es la hermana pequeña de Ronnie DeFeo (con ese apellido no sé cómo en su pueblo no previeron la masacre). Se llama Jodie y su hermano le pegó un tiro en la frente (en la foto el agujero de bala está cubierto por su flequillo, qué coqueta ella), y la niña, que se ve que es el espíritu más ocioso de los que rondan por la mansión, es la primera en dar sustitos a los Lutz, mientras, de paso, se hace amiga de la hija pequeña del matrimonio recién llegado y provoca diálogos así de brillantes:
MADRE
¿Con quién hablas, cariño?
HIJA
Con la niña que vive en mi armario... Es mi amiga.
Y va la madre y le ríe la gracia... En fin, ya hay que tener tragaderas para hacerse amiga de la tal Jodie DeFeo, que va por la casa hecha unos zorros, pero la amistad es así, no entiende de higiene, de edades, de condiciones sexuales ni de agujeros de bala en la frente. La niña putrefacta se pasa un rato haciendo de las suyas, pero luego, cuando el guionista ya se cansa de ella, la peli opta por argucias de otra índole: moscas salvajes, gusanos, posesiones, vocecillas, más espíritus... Todo vale, bien acompañado por la correspondiente e imprescindible traca sonora.

Y, claro, no pueden faltar tampoco el cura plasta que aporta datos absurdos pero inquietantes, la visita a la biblioteca-hemeroteca para constatar que las cosas malas que ocurren en tu casa tienen una base que se remonta a siglos pasados y, cómo no, la muerte del perro, que en esta ocasión es más gratuita que nunca, ya que el perro muere y hasta ese momento ni siquiera sabíamos ¡que la familia tenía perro! Y luego hay que soportar que, en la secuencia siguiente, los niños no paren de preguntar por el perro Harry... Ya os podíais haber preocupado antes por el pobre Harry o haberle dejado aparecer al menos en un miserable plano...
La niña de la comba
Pero, bueno, tengo que decir que a mí estas películas con niñas putrefactas me tocan el corazón. Y es que en mi casa también habita el espíritu putrefacto de una niña asesinada... Todo comenzó hace dos años, cuando Oset ya no vivía en mi piso pero, en su cuarto, continuaban sus pertenencias y mucha de la mierda que había acumulado. Una noche, de repente, empecé a escuchar un ruido dentro de la habitación de Oset, que tenía la puerta cerrada. Era como el sonido de una cuerda gruesa golpeando el parqué: una vez, y otra, y otra... Como si alguien saltara a la comba dentro de la habitación...
Al día siguiente se lo conté a Pablo. "El espíritu de una niña salta a la comba por las noches en mi casa", comenté. Y así nació la niña de la comba, cuya personalidad fui enriqueciendo progresivamente con espeluznantes datos: que si viste un pantalón rosa con peto, que si está peinada con dos coletas a los lados, que si su propia madre la ahorcó con la cuerda de la comba en 1941...
El punto álgido de la paranoia tuvo lugar hace dos veranos, cuando, estando yo en Lanzarote, pedí a Pablo que una noche se acercara a mi piso de aquí de Madrid para coger unos certificados de las subvenciones de "Vuelco" que yo necesitaba con urgencia. Pablo me llamó cuando ya se encontraba en mi piso para preguntarme por la ubicación exacta de los certificados... Y entonces comenzó a escuchar algo... Dos minutos después, Pablo volvió a llamarme, pero ya desde la calle. Había huido despavoridamente de mi piso ante el acuciante sonido de una comba golpeando el parqué... Así se demostró que la niña de la comba odia a Pablo.
La coña (o la no coña) prosiguió durante mi convivencia con Sumaya. Como ella se acojonaba mogollón, yo mencionaba a la niña de la comba a menudo, y mientras Sumaya comía, con cuchillo y tenedor, su típico plato de frutas variadas, yo la torturaba con frases como "acabo de ver una sombra corriendo por el pasillo" o "¿no notas que alguien nos está mirando?". Una mañana, al despertarse, Sumaya se acercó con rostro descompuesto y me soltó: "No he podido dormir... No he parado de escuchar la comba".
Tanta tontería llegó a oídos de mi madre, que un día, ya harta, zanjó el asunto: "No quiero oír hablar de esa niña nunca más", dijo. Pero, mamá, si es una niña buena. ¿Qué culpa tiene ella de vagar, tan desorientada y putrefacta, por el mundo de los vivos? Ella sólo quiere jugar...
En cualquier caso, a mí la niña de la comba me cae bien y no quiero que se vaya de mi casa... Seguro que es muy mona ella, con la marca en el cuello de la cuerda que la asfixió, con su ropita rosa tan conjuntada...
Algo acaba de rozar mi brazo... Escucho una voz de niña camionera que me anima a introducir mi dedo índice entre las aspas en movimiento del ventilador...
"Deja de escribir ese diario inútil y mete el dedo... Mete el dedo en el ventilador..."
FUNDIDO A NEGRO
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