|
|
16 Diciembre 2006
252. Los sentimientos ariscos. EXT./DÍA

Yo de pequeño era un niño muy arisco. Negaba besos a las amigas de mi madre, ni de coña me mostraba cariñoso con mi abuela, pegaba a mis primos pequeños y asesinaba a mis mascotas una tras otra (aunque aquello pareciera un accidente). Simplemente, no quería a nadie, y me limitaba a escapar al parque para subir a los árboles y quedarme allí durante horas, como en la foto de arriba.
Luego, con el tiempo, se me pasó este modo de ser tan enfermizamente arisco y, durante una época muy concreta, por alguna razón, me volví todo lo contrario: un tío muy cursi, más bien tirando a ñoño. Aprendí a decir "te quiero" de vez en cuando, a regalar detallitos muy tontos, a enviar mensajes de móvil de lo más empalagosos, a escribir guiones repletos de almíbar y con final feliz, a verbalizar sensaciones con palabras, a realizar demostraciones públicas de afecto, a mojarme y comprometerme con mis sentimientos.
Pero mucho me temo que una serie de catastróficas desdichas recientes me ha traído de vuelta al fango de la inseguridad, al territorio inhóspito del pavor a los pasos en falso. Y aquí estoy. Y ahora, de nuevo, soy arisco: niego besos a mis amigos (bien lo sabe Son), me entran ganas de pegarles (el otro día pegué puñetazos en la espalda a Pablo y me moló), voy de chulo por el mundo y, en general, me esfuerzo por no querer a nadie. Con la diferencia de que en este momento no puedo escaparme y subir a los árboles cuando noto que el suelo tiembla.
Que conste, eso sí, que mi comportamiento no es sólo culpa mía, porque lo peor es que, últimamente, también me relaciono con alguna gente muy arisca de por sí, algo que sólo refuerza mi propia arisquez. Ya, vale, la palabra "arisquez" no existe, pero debería existir. A lo que voy: que, del verano a esta parte, mi vocabulario afectivo, el que uso y usan conmigo, se ha vuelto pelín limitado: "que sepas que no te echo de menos", "pasa de mí", "que te den", "no quiero quedar hoy, que me aburres", "me das pereza", "nunca me he enamorado realmente de alguien", "si te he visto, no me acuerdo"... Y cuando no se sueltan tonterías de este tipo, sólo hay silencio, incertidumbre, abismo. La consigna: mostrarte pillado, jamás; decir "te quiero", ni muerto.
Así, los afectos se reducen a un cansino ejercicio de lectura entre líneas, a una constante interpretación de miradas y subtexto, a una lucha encarnizada de corazas de autodefensa, a una orgía de abrazos que a ratos suenan metálicos por el roce de nuestras armaduras. La norma es que si acaso se expresa un sentimiento sincero, inmediatamente hay que soltar un comentario bromista que le reste importancia e intensidad a lo anterior. Un ejemplo: Si alguien dice "me gustó dormir contigo", enseguida hay que responder algo tipo "bueno, en realidad no dormí contigo, sólo te utilicé como almohada". Y luego nos reímos: Jajaja. Sí, porque mola ser duro, y fingir que nada puede hacerte daño...
Es normal, pero es una mierda: los desengaños previos y el recuerdo de antiguas relaciones tóxicas nos vuelven niños irracionalmente ariscos, herméticos, desconfiados, mareadores de la perdiz, fríos como témpanos, extremadamente prudentes, expertos en desencanto... y en medias tintas. Como dicen en "Herida", de Louis Malle, "la gente herida es peligrosa". Y yo agrego que los heridos también somos un coñazo. Aquí nadie va a precipitarse, nadie se mojará arriesgándose a cagarla, nadie quiere espantar a quien tiene delante con palabras probablemente inoportunas, nadie se pringará diciendo "te quiero" antes de que se lo digan. Y así todo el rato.
Los sentimientos ariscos te conducen a un agotador círculo vicioso, a una espiral sentimental de difícil solución, a un callejón sin salida. Y, francamente, ya me estoy hartando. Anhelo que regresen del todo mis tiempos ñoños. Disfruto de nuevo enviando mensajitos empalagosos. Me gusta ser cursi, ¿qué pasa? Y si te digo que te echo de menos, te lo digo porque es verdad.
FUNDIDO A NEGRO
|
|