30 Octubre 2006

232. La pila que se gasta. INT./DÍA



Allá por marzo me regalaron un cepillo de dientes Oral-B Pulsar. Es un cepillo automático, con pila interna pero no cambiable. "¿Y qué hago entonces cuando la pila se gaste?", pregunté. "La pila dura tres meses; cuando se gaste, significa que debes tirar el cepillo y comprarte uno nuevo", me respondieron. Nunca he entendido por qué hay que cambiar de cepillo cada trimestre... pero, aún así, acepté gustoso mi Oral-B Pulsar con fecha de caducidad.

La cuestión es que pasaron los meses, llegó junio y, por tanto, el verano y, no obstante, el cepillo seguía funcionando como el primer día. A mí, por momentos, me entraba hasta complejo de cerdo ("¿será que soy un guarro y no me lavo los dientes con la suficiente frecuencia?, ¿cada cuántas horas he de lavármelos para que la pila se agote en el plazo previsto?", me preguntaba), pero en el fondo, lo agradecía. "Hasta que no se gaste, no me veré obligado a comprar uno nuevo", pensaba yo al fin y al cabo.

Y, ciertamente, el cepillo me satisfacía, me lo llevaba en mi neceser de viaje y no tenía queja. Pero llegó agosto y después vino septiembre... Y comenzó a resultar terriblemente evidente que la pila se encontraba de lo más oxidada ya, pero, aún así, no terminaba de gastarse. Y, día a día, empecé a ver en el cepillo el reflejo de otra desagradable situación latente. Y a pillarle una manía bestial al cacharro. Pero bestial. Y, mientras, la pila, me temo que sólo para darme por saco, seguía funcionando.

Arrancó el mes de octubre. Y aquello ya no era normal. "¿Por qué esta maldita pila no se agota de una vez?", me preguntaba. Con pesadumbre. Con angustia. En serio, a punto estuve de estrellar el cepillo contra el suelo o de pisarlo con mis ruedas sin compasión. Incluso comencé a usar otro cepillo en días alternos, pero ahí seguía el otro, recordándome que aún funcionaba...

Ayer, al fin, pulsé el botón de encendido del Oral-B Pulsar y simplemente no escuché ningún ruido instantáneo: las cerdas no se movieron. Nada. El cepillo ya no funciona. Ha muerto. Y siento alivio y liberación, siento que me he quitado un gran peso de encima, pero también una rara tristeza de origen difuso. Ahora sí que sí. Ha llegado definitivamente la hora de de tirar el cepillo caducado a la basura... y de comprar uno nuevo.

Se acabó.

Anoche justamente hablaba con Sam de esto: de las pilas que, por más que deseas que se agoten, tardan demasiado en gastarse, de los sentimientos que renquean perturbadoramente (y duran, y duran) negándose a morir y a desaparecer de tu cabeza, de las etapas de tu vida que colean en el tiempo y se resisten a terminar de una vez por todas. Y de lo extraño que sin embargo te sientes cuando compruebas que finalmente han terminado, cuando pronuncias las dos vertiginosas palabritas: "Se acabó". Es lo de siempre: ten cuidado con lo que deseas.

Cuando una etapa termina de verdad e irreversiblemente, hay que saber reconocerlo. No es que esté acabando, no es que esté en proceso de concluir: es que ya ha terminado. Y no queda más remedio que aceptarlo, celebrarlo y pensar en lo siguiente. Y, sobre todo, es necesario ser capaz de decirlo en voz alta:

Se acabó.

Aunque se te encoja el estómago. Aunque se te nuble la vista y te tiemblen las rodillas. Aunque tragues saliva al pronunciar las palabras. Aunque se te quiebre la voz:

Se acabó.

FUNDIDO A NEGRO

En el spin off...

-Un barco con oportunidades.
-Con gorro en tiempos de furor.