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03 Abril 2005
01. Cumpleaños... quístico. INT./DÍA
Alguien debería prohibir los cumpleaños al llegar el número veinticinco. En serio, veintisiete es una edad estúpida, a medio camino de todo o demasiado próxima a acongojantes verdades irreversibles. No sé, parece que es una edad tan implícitamente transitoria que incluso pide a gritos no durar un año entero. Es como si una voz de tía cincuentona y fumadora me jaleara desde esta mañana: "Bueno, a ver si por lo menos cumples veintiocho ya". ¿Por lo menos? En fin, que trescientos sesenta y cinco días serán muchos días sufriendo los veintisiete años. Deberíamos tener veintisiete años sólo durante unos meses, tres o cuatro como mucho...
En definitiva, desde hace unos cuantos apaga-velas, trabajo a fondo para boicotear mi cumpleaños; me niego a celebrarlo o lo celebro de la forma más cutre que encuentro. Cualquier cosa con tal de evitar los aspavientos o un mínimo atisbo de fiesta alegre y exultante (en un lapsus, he estado a punto de escribir "insultante", término también apropiado). Mítico fue el año en que Píter, que también hoy ha cumplido la fatídica edad (los dos nacimos el 3 de abril de 1978, él en Guardo, Palencia, muy lejos, por tanto, del paritorio donde cortaron mi estético cordón umbilical), y yo concluimos nuestra jornada cumpleañera engulliendo desoladores y cochambrosos sandwiches en el Rodilla de la gris y deprimente estación de Méndez Álvaro. Palabra clave de este párrafo: "desoladores".
Olor a hospital
Este día ha estado marcado por la inesperada estancia en Madrid de mis padres y hermana. El boicot, sin embargo, resultó una vez más. Así, la tarde en la habitación 625 del hospital Gregorio Marañón (parece que, por suerte, a mi padre le darán de alta de forma inminente) estuvo precedida por una desagradable comida china en mi casa, comprada en el peor restaurante chino de Vallecas. Pocos cerdos agridulces más asquerosos he probado... Para olvidar el sabor del cerdo, mi madre nos obsequió con una tarta helada, y se empeñó en que Píter, que comió con nosotros, y yo sopláramos una lamentable vela amarilla.

Píter me regaló un libro de pósters, "Film posters of the 80s", una pasada. Entre sus hojas, hay curiosidades y rarezas como los pósters con los que se promocionaron grandes pelis en países como Polonia o Checoslovaquia. Atención al cartel polaco de "En busca del arca perdida". Espeluznante, en todos los sentidos. Otro día lo escaneo, que hoy estoy especialmente perezoso.
Tras la comida y antes de pirarnos al Gregorio Marañón, elegimos, entre llamadas de felicitación y cumplidores mensajitos de móvil, una hermosa conversación de cumpleaños: Hacienda. Mi hermana nos puso la cabeza como un bombo con los papeles que estamos obligados a rellenar como empresarios que somos (ja, tenemos una pinta de empresarios nosotros...), que si el modelo 347 cada tres meses, que si el modelo no sé cuál cada otros tantos... Un infierno. Vamos, conversación ideal para digerir el repugnante cerdo agridulce.
En el hospital, vagamos un rato entre la habitación donde está alojado mi padre y la sala de espera, con sus máquinas de café, socorrida Coca-Cola... Entre un lugar y otro, mucho olor a clínica (inconfundible; me retrotrae inevitablemente a mis múltiples visitas infantiles a otro hospital parecido, La paz) y mucha gente con pijama azul descolorido, cara de palo y mal color de piel. Demasiado dolor flotando en el ambiente.
A.C.N.É.
Mi nueva edad aterriza con una nueva certeza: el acné que aparece en mi rostro ya desde hace tiempo se ha convertido en algo quístico, adjetivo este último que ha empezado a fascinarme. Cuando el dermatólogo me lo comunicó, quise contarle que lo quístico se extiende también, como una avasalladora plaga seborreica, a otros aspectos de mi vida, mis relaciones sociales y mi entorno, pero me contuve. Qué culpa tendrá el pobre dermatólogo...
No me queda más remedio, por tanto, que pasar a la acción con un tratamiento agresivo y sin miramientos: unas píldoras de nombre contundente, Flexresan (léase con acento en la sílaba final). Supongo que con ellas mi acné desaparecerá al fin o directamente me convertiré en un clon de Eric Stoltz en "Máscara", con Cher como madre incluida en el paquete. Ahora que pienso en esta olvidada obra de Bogdanovich, no sé qué era peor para el personaje de Stoltz, si esa cara o tener a Cher como madre.
Creo que en un próximo guión explotaré el potencial cinematográfico del acné: los sentimientos negativos que genera, los múltiples complejos... El acné debería constituir un ingrediente esencial en las púberes y alborotadas historias de Larry Clark, y no sé cómo a Gus Van Sant se le olvidó colocar una buena dosis de granos y espinillas con pus en el origen del comportamiento de los protas de "Elephant". Francamente, la peli me habría gustado más. Pidámoslo todos a Van Sant: ¡menos travellings interminables por los pasillos y más acné!
Me consuela el hecho de que Spielberg también tuvo acné en sus años jóvenes, según he leído en varías biografías. Supongo que desapareció de su cara después de que "Tiburón" se convirtiera en 1975 en la película más taquillera de la historia. La alegría que imagino que a uno se le mete en el cuerpo después de algo así debe ser buena sustituta para el Flexresan... En cualquier caso, tengo muy claro que cuando conozca a Steven le preguntaré sin falta qué hizo para vencer su acné... Fijo.
Y acabo por hoy. Atentamente,
el chico quístico.
FUNDIDO A NEGRO
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