|
|
31 Agosto 2006
209. Mientras reescribo. INT./NOCHE

Estos días he dedicado mis horas insomnes, fruto de mi caótico desorden horario y de otros acontecimientos, también caóticos, que no vienen a cuento, a una lectura pospuesta durante demasiado tiempo: "Mientras escribo", de Stephen King, libro que me regaló Dani hace ya unos cuantos años y que en realidad no sé bien por qué diablos no he leído antes. Ahí estaba en mi estantería muriéndose del asco... Quizás, sin saberlo, esperaba el momento más adecuado.
Ahora, mientras a mí me toca reescribir el guión de "(Im)perfecto", me ha venido más que bien leer este ameno ensayo en el que King esboza, por un lado, parte de sus memorias y, por otro, explica en qué consiste para él el acto de escribir. Y el resultado es un libro en el que el autor de "El resplandor" (la primera novela suya que leí, cuando tenía doce años) se desnuda sin divismo alguno, nunca con un tono preprotente ni dogmatizante y siempre, en cambio, eligiendo las anécdotas y las palabras más precisas, emocionantemente sinceras e inspiradoras.
Entre los muchos y certeros párrafos que me carcomieron por dentro mientras leía, he aquí uno que, de alguna forma, los resume todos de la manera más contundente e incontestable:
"En mis años de profesor en Hampdon (y de lavandero en la New Franklin durante las vacaciones de verano), mi mujer desempeñó un papel decisivo. Si ella, en algún momento, hubiera insinuado que escribir en el porche de nuestra casa de alquiler de Pond Street, o en el cuartito de lavar de la caravana de Klatt Road (también de alquiler), era perder el tiempo, creo que me habría quedado sin ánimos. Tabby, sin embargo, no expresó ninguna duda. Su apoyo era constante, de lo poco bueno en que se podía confiar. Ahora, cada vez que veo una novela dedicada a la mujer (o marido) del autor, sonrío y pienso: Éste sabe de qué va. Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en ti. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta, normalmente, con que crean."
Lo suscribo, vaya que si lo suscribo. Sólo necesitas a alguien que crea en ti. Y es cierto: no hace falta que ese alguien te dore la píldora ni que te lo diga cada día, basta con saberlo, con sentirlo. Es así de sencillo, o así de complicado. Yo solía tener por aquí cerca a alguien que creía en mí...
FUNDIDO A NEGRO
|
|