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17 Agosto 2006
202. La vajilla rota. INT./NOCHE

El otro día, en el aeropuerto de Lanzarote, antes de subir a bordo del vuelo rumbo a Madrid, mi madre pidió una pegatina de "frágil" en el mostrador de facturación. "¿Dónde quiere colocar la pegatina?", me preguntó la azafata. Y entonces reprimí el impulso de responder: "En mi frente, en cualquier lugar sobre mi piel". Pero no, mi madre quería colocar la pegatina sobre las baterías de mi silla de ruedas, por aquello de intentar al menos que las trataran medio bien al embarcar el cacharro en la bodega del avión.
No sé si mi impulso reprimido se debió a que, en aquel momento, ya sospechaba yo que al aterrizar en Madrid me encontraría con la vajilla rota, con las copas, tan aparentemente relucientes hasta hace apenas unos días, hechas añicos, resquebrajadas en mil pedazos absurdos, inesperados y surrealistas. Y, en efecto, mi sospecha se hizo realidad, así que, sin pensármelo, ayer despegué la pegatina de las baterías y me la coloqué en el pecho, sobre mi camiseta. Y ahora voy, dentro y fuera de casa, con la pegatina bien visible. La llevaré puesta incluso a la tienda de chinos de aquí al lado en la que suelo comprar latas de Coca-Cola Ligth, para que hasta al chino le quede clarito que no sólo mis baterías constituyen mercancía frágil y delicada.
Ayer mi vida se reinventó. No hay que darle más vueltas. Y la excitación por las nuevas posibilidades en el aire es mayor que cualquier atisbo de pena por la etapa finiquitada. Descanse en paz mi último año.
Transcurren días grises y lluviosos en pleno agosto. Y yo, mientras, respiro hondo. Tomo aliento. Siguiente paso, ven a mí.
FUNDIDO A NEGRO
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