29 Agosto 2006

208. Lo más de lo más. EXT./DÍA



Hace un rato encontré en mi móvil la foto de arriba, que ya ni recordaba. Es una foto que saqué en el autobús a un tipo cuarentón y con patillas. Fue hace un par de semanas, el día que volví de Lanzarote.

Tal y como predije, cuando aterricé en Madrid nadie estaba esperándome en el aeropuerto, así que, ya que portaba apenas un pequeño bolso como equipaje, decidí trasladarme a casa en autobús y no en eurotaxi, como suelo hacer. Al entrar en la guagua, el tipo de la foto, que ya estaba dentro, se fijó en mí y en mi silla de ruedas automática y me soltó el típico comentario gilipollas que, dependiendo del momento, es capaz de hervirme la sangre: "¡Coño!, si vas mejor que yo, ¡esa silla es mejor que andar!".

Normalmente, me resbalan estos comentarios estúpidos de la gente, pero será que ese día tenía el cuerpo rabioso, porque, en ese mismo instante, me asaltó un irresistible deseo de transformarme en una versión discapacitada de Patrick Bateman y de descuartizar al tipo en cachitos, esparcirlos por el suelo del bus y mirarle luego a los ojos (o... al cachito de su cuerpo en el que estuvieran sus ojos) para decirle: "Ahora sí que voy mejor que tú". Lo sé, estoy de un salvaje...

Encima, el tipo no se conformó con el gili-comentario, sino que continuó dándome la lata: "¿Es difícil manejar el carrito?", preguntó refiriéndose a la silla. "A todo se acostumbra uno, ¿verdad?", prosiguió. Y tampoco faltó la pregunta estrella, que me hacen un día sí y otro también: "¿Y qué te pasó, fue un accidente?". "Sí, un accidente, pero no de coche ni de moto, fui el único superviviente de un avión que se estrelló", respondo a veces. Y lo flipan.

Después, al percatarse del bolso de viaje que colgaba de mi silla, el tipo siguió interrogando: "¿Y de dónde vienes, de Frankfurt?". ¿Mande? En este punto ya sí que no entendí nada: ¿por qué supuso que venía de Frankfurt? "No, de Canarias", contesté. "Ah, es que yo ayer vine de Frankfurt.", explicó él. Claro, y es que no hay más sitios de los que venir...

Harto del tercer grado, decidí llamar a mi madre con el móvil y charlar con ella hasta que, al fin, el tipo se apeó en una de las paradas. Antes de bajar, aún me miró como con ganas de de decirme algo más, pero al final se ve que no se atrevió. A lo mejor quería pedirme por favor que le prestara la silla un rato...



A quien sí le presté el otro día una de mis sillas fue a Pablo, que me ayudó a trasladar el cacharro a un taller para que arreglaran el pinchazo de la rueda. ¡Oh, el pinchazo! De regreso a mi casa, Pablo se sentó en la silla y la condujo durante el camino, como puede apreciarse en la foto. Pero no, a Pablo no le sienta bien la silla, no le pega, no la luce. "No te queda bien", le dije. "Anda, ¿y por qué no?", contraatacó un ofendido Pablo, incapaz de soportar que algo no le quede bien. Y es que una silla de ruedas es como un complemento más, como una pulsera, un piercing o un colgante, y cuando no te queda bien, pues no te queda bien. Y no hay nada que hacer.

De hecho, me han contado que pronto empezarán a vender sillas de ruedas en H & M a 9,95 euros la unidad. Y seguro que, en seguida, ir sentado en silla se convertirá en lo más de lo más en Chueca, la calle Fuencarral, Malasaña y alrededores. Así de absurdo es todo por esa zona en lo que a modas se refiere. "Qué divina te queda esa silla", dirá una musculoca a otra. "Yo es que antes muerta que sin silla", responderá la otra. Ya, vale, ni puta gracia...

Y mejor paro de hablar ya de mi silla, que alguien me reprochó el otro día de muy malas maneras que la uso para justificar cualquier cosa. Qué valor. Lo que hay que oír.

FUNDIDO A NEGRO