|
|
04 Junio 2006
173. Season finale. INT./NOCHE

Es junio. En Estados Unidos, ha finalizado ya la temporada 2005-2006 de las dos únicas series que sigo actualmente: la cada vez más enrevesada "Lost (Perdidos)" y la bobalicona pero adictiva "The O.C.". Y ahora arranca un largo verano de interrogantes y mono catódico...
Tranquilos, Eneko y otros temerosos que aún no hayáis engullido la segunda temporada de "Lost" al completo, podéis leer estas líneas, prometo evitar los spoilers. Je. Sólo diré que tanto la serie de los náufragos como "The O.C." han concluido a fuerza de los habituales e imprescindibles cliffhangers con los que suelen despedirse los últimos capítulos de temporada. Defino cliffhanger para los poco iniciados en argot guionístico: básicamente, es una secuencia con clímax sin resolver, esto es, un final abierto, intenso, de alto impacto y muy intrigante que te deja a cuadros y provoca que mueras de angustia y ansiedad por saber qué ocurrirá en el siguiente episodio.
"Lost" es un continuo cliffhanger, pero, en el final de su segunda temporada, los guionistas se han lucido en su descenso irreversible hacia arenas movedizas absurdamente rebuscadas y pretendidamente ingeniosas. La serie, en sí misma, es ya como cualquiera de sus personajes: ellos luchan por continuar vivos en la isla y, con idéntico instinto de supervivencia, los guiones pelean con uñas y dientes por mantenerse en la brecha de fascinación y novedad de los primeros capítulos. Tarea harto complicada, pero se agradece el intento.
"The O.C.", por su parte, ocupa ahora la cuota de tontería frívola y teen que parece que necesito como espectador y que en otras épocas rellenaron engendros tan añorados como "Beverly Hills 90210" o "Dawson crece". Y la insulsa tercera temporada de "The O.C.", tras muchísimos y aburridos palos de ciego en las reiterativas tramas, ha optado por despedirse hasta otoño con cinco minutos finales tragiquísimos y de enorme crueldad en lo que respecta a uno de sus personajes protagonistas más emblemáticos: un facilón golpe de efecto que, sin embargo, aún no he conseguido superar... Snif. Mirad en YouTube cómo se sintió una pringada yanqui y colocada mientras veía estos cinco minutos finales. Desolador. Ja. Qué cosas.
En todo caso, mientras llega octubre, me he quedado sin enganche televisivo. He intentado encontrar sustitutos, pero "House" sólo ha llamado mi atención en ratos sueltos, las nuevas intrigas de las "Mujeres desesperadas" en Wisteria Lane me aburren, "Anatomía de Grey" me genera cierta pereza a la hora de descargarme sus capítulos y los remedos fantásticos surgidos a la sombra del éxito de "Lost", como "Surface" o "Invasión", no me han interesado más allá de sus episodios pilotos.
Creo que, a falta de pan, me esforzaré por volverme adicto a "Siete en el paraíso", esa serie famosa por su mojigatería y su conservadurismo que ahora emiten en las mañanas de Cuatro. Hace semanas, pillé un capítulo por casualidad y flipé. Argumento del capítulo: el perro de la familia Camden, que se llama Happy, encuentra un porro en el suelo de la sala de estar. El padre, que es reverendo, descubre el canuto en la boca de Happy y, aterrorizado ante la posibilidad de que alguno de sus hijos se emporre, se lo cuenta a su fiel esposa. Cuando finalmente averiguan que el vástago porrero es el hijo mayor, la madre termina confesando que ella, en sus tiempos de loca juventud, también fumó porros. El marido reverendo, perturbado a raíz de esta repentina confesión de su fiel esposa, le pregunta: "¿Por qué no me lo has contado hasta ahora?". "Porque ese porro lo ha cambiado todo", responde ella refiriéndose al canuto que encontró Happy... Apasionante, no digáis que no.
Pero lo que más me preocupa en este momento es la season finale de la actual temporada de la teleserie de mi propia existencia. ¿Cuál será el cliffhanger en esta ocasión? Supongo que tendrá que ver con cierta trama redundante y muy cansina que se reproduce cada poco tiempo, protagonizada por algún amigo que parece querer copiar mi vida porque la suya le asquea en grado sumo. Qué hastío. Suena mi teléfono fijo. Echo un vistazo al identificador de llamada: 9159... ¿Descolgaré el auricular? ¿Concluirá esta trama de una vez por todas y para siempre? Vaya, aquí hay un cliffhanger...
FUNDIDO A NEGRO
|
|