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02 Junio 2006
172. Historia en un avión. INT./DÍA

En la foto: parte de mi careto desenfocado en el vuelo entre Madrid y Palermo de la semana pasada. Siempre que monto en avión, suelo recordar cierta historia un tanto patética que aconteció hace ya seis años, en el verano del año 2000. Fue en un vuelo de Madrid a Lanzarote y aún conservo en mi Outlook Express el e-mail que le escribí a Pablo nada más llegar a la isla para contarle lo sucedido... Copio aquí abajo un extracto de ese viejo correo.
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Hoy he conocido a la mujer de mi vida... Así de rotundo. Ocurrió en el avión, ella estaba sentada a mi lado, sólo el pasillo nos separaba. ¡Qué tía más guapa! Rondaría los veinte años, era rubia, pero con un rostro a lo Katie Holmes, incluso la sonrisa me recordaba a la de Katie. También había en ella algún toque a lo Mena Suvari...
No sé, tío, no puedo dejar de pensar en lo que pasó, necesito contártelo. Noté algo especial en cuanto ella se acercó. Se sentó, llevaba un vestido color beige, con escote. Y me pareció una especie de presencia evanescente, como una aparición mágica. Antes de que despegara el avión, ya estaba enfrascada en la lectura de un libro, "La ciudad de los prodigios", de Eduardo Mendoza, y ni siquiera cogió los auriculares que repartió la azafata. Me descubrí deseando que dejara de leer, me reté a mí mismo, aunque casi estaba seguro de que sería incapaz de dirigirle la palabra...
Una media hora después de despegar, cerró el libro. Y de pronto mi boca se abrió, y expulsó palabras; aún no sé qué extraños mecanismos provocaron tal insólito atrevimiento por mi parte. "Espero que no sea tan aburrido como la película", dije refiriéndome al libro que acababa de cerrar. Me miró por primera vez, sonrió. Me respondió que no había visto la peli y que nunca le gustan las adaptaciones de libros que ha leído, y asi, de repente, comenzamos a charlar...
Una cosa llevó a la otra. Me contó que nació en La Palma, que estudia Diseño Gráfico en Madrid, que sus padres viven en Lanzarote. Yo también le hablé de mi vida y milagros. Las dos horas del vuelo pasaron en un suspiro... El avión aterrizó y lo que sucedió entonces a lo mejor forma parte de mi paranoia, de la actitud a la defensiva que tú notaste en mí anoche, pero, hombre, está claro que lo que descubrió en ese momento no se lo imaginaba ni de coña.
Te explico: ella entró en el avión cuando yo ya estaba más que instalado en mi butaca, por lo que en ningún momento pudo imaginar ni remotamente que voy en silla de ruedas (mi silla, como siempre, viajaba en la bodega). Es un dato que también omití durante toda la conversación... Retomo el asunto: el avión aterrizó y aún ni siquiera habíamos intercambiado nuestros nombres. Entonces, la azafata hizo su nefasta aparición y extrajo el mando de mi silla del compartimento superior. "Tenga, señor", me dijo mientras me entregaba el mando, que siempre desmonto de la silla por precaución, porque una vez, en un vuelo, se me jodió. Odié a la azafata, por llamarme "señor" y por romper el encantamiento... "¿Y eso", preguntó la chica refiriéndose al mando. No se lo conté, ni de coña. Creo que le contesté algo así como "es un cachivache que siempre me acompaña". Ella sonrió y no hizo más preguntas.
Se levantó y noté que estaba esperando que yo hiciera lo mismo, que bajara con ella del avión. ¿Te imaginas mi frustración? Decidí acabar con el asunto y pronuncié dos palabras: "Hasta luego". Fue mi manera de echarla, de impedir que siguiera esperando lo que no podía ocurrir. Ella contestó con las mismas palabras y se dirigió hacia la salida del avión. Noté su cara de desconcierto, de estar preguntándose por qué diablos yo no me levantaba...
Los de la Cruz Roja tardaron en venir a recogerme al avión y, esta vez, di gracias por ese tiempo perdido, porque así habría más posibilidades de que ella ya no estuviera en el aeropuerto cuando yo llegara... Demasiado suponer. Se me revolvió el estómago cuando entré en la terminal, ya sentado en mi silla de ruedas, y descubrí que la cinta del equipaje aún no había empezado a girar. Toda la peña del avión seguía allí, esperando sus maletas.
Quise desaparecer cuanto antes, salir a la calle y que mis padres se encargaran del bolso y todo eso. Mala suerte. La chica del avión me vio pasar... Y nuestros ojos volvieron a encontrarse. Y noté una lógica expresión helada en su rostro al verme sentado en la silla. Hice lo que pude, sonreí y levanté la mano, despidiéndome. Ella reaccionó después de unos segundos, levantó también la mano y sonrió, pero no era la misma sonrisa... Salí del aeropuerto, sin ganas de hablar. No dije ni una palabra durante el trayecto a casa, mis padres creen que sigo deprimido por lo del curso de Huesca. No sé, mejor cambio de tema...
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Qué intenso era yo hace seis años... Al releer el e-mail, me ha hecho gracia el dramatismo culebronero con el que le relato a Pablo lo ocurrido en el avión y en la terminal.
Pablo bautizó a la desconocida como "la chica de los prodigios" e incluso me propuso con insistencia que llamara a Iberia para averiguar de alguna forma su nombre y paradero utilizando alguna excusa. Pero al final no hice nada... Ünicamente, como el guionista lamentable que soy, que escribe para exorcizar sus fantasmas, introduje una variante de esta historia en una secuencia del guión de "(Im)perfecto".
Y ahora me pregunto: chica de los prodigios, ¿estás por ahí?
FUNDIDO A NEGRO
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