29 Mayo 2006

170. Arrivederci, Palermo. EXT./DÍA



Ayer regresé de Palermo, donde, tal y como pronostiqué en la secuencia anterior, hice bastante el "palerdo"... No sólo los operadores cabrones de esa mierda de compañía aérea que es Wind Jet destrozaron las baterías de mi silla de ruedas al embarcarla en el vuelo de vuelta, sino que, además, la invitación de EcoVision Festival para viajar a Sicilia gratuitamente resultó un regalo más bien envenenado. Sí, estoy rabioso y los improperios emanan de mi teclado de manera inevitable, así que cuidado, que muerdo. Intentaré comedirme, pero no prometo nada...



Palermo es una ciudad vieja en forma y fondo. Para empezar, minutos después de aterrizar, descubrí que allí desconocen el concepto de eurotaxi o taxi accesible para silla de ruedas. Los eurotaxis, disponibles, hoy por hoy, en cualquier provincia española, no existen en Palermo; nadie les ha dicho a los sicilianos que es posible acoplar una rampa a cierto tipo de coches para que los usuarios de sillas nos traslademos cómodamente. No. Allí no. Ni pajolera idea tenían.



En cambio, para desplazarme entre el hotel y el dichoso Orto Botánico, donde se proyectaban las pelis, me facilitaron el teléfono de una cooperativa de vehículos con servicio para clientes con discapacidad o algo así. "Misericordia di Palermo" se llamaba la cooperativa, pero sólo de nombre, porque sus estratosféricas tarifas no se me antojaron nada misericordiosas... El festival, además, se negó a pagarme estos tralados, a treinta módicos euros el trayecto de unos diez minutos. Qué molón todo.

En lugar de disponer de una simple rampa, los coches de "Misericordia di Palermo" venían equipados con dos maromos cachas que me ayudaban a sentarme en el sillón del copiloto para, acto seguido, introducir ellos mi silla malamente en el maletero... Vamos, como veis, el último grito en adaptación. Encima, para trasladarme al aeropuerto, a los maromos misericordiosos, muy majos por otra parte, no se les ocurrió otra cosa que utilizar directamente una ambulancia... Un chiste: ¿qué hace un siciliano para evitar las caravanas en la autopista rumbo al aeropuerto? Pues te mete en una ambulancia y hace sonar la sirena de emergencia para abrirse camino, como si cargaran con un tipo agonizante y el viaje fuera a vida o muerte... Lo malo es que no es un chiste cutre, así sucedió y yo flipé dentro de la ambulancia, con el desfibrilador a mi lado y la sirena berreando a todo trapo en el techo. Soluciones sicilianas al rescate... Con la ayuda de la sirena, al aeropuerto llegamos en un santiamén, si bien el precio del ruidoso viaje en ambulancia, cien euros, casi provocó que yo mismo necesitara un par de buenas descargas del desfibrilador, que no me resistí a fotografiar.



A todo esto, "Vuelco" arrancó generosos aplausos en su proyección al aire libre el jueves casi a medianoche. Me dijeron muchas veces eso de "complimenti" y una periodista italiana se acercó a mí para comentarme en inglés que el corto le pareció "a beautiful poem with a perfect couple of actors". Con invitados procedentes de variados rincones del mundo, la lengua general que se hablaba en el festival era una curiosa mezcla de italianenglish. A mí se me iba mucho la pinza y soltaba pastiches estúpidos como "grazie for everything" y paridas así. El mejor rato lo pasé charlando, precisamente en italianenglish, con Alessandro, un tío muy simpático, de Roma, director de un corto titulado "Non piagere, porta sfortuna".

Pero lo cierto es que apenas disfruté de Palermo, una ciudad retrógrada que constituye un agotador infierno repleto de obstáculos si intentas recorrer sus calles en silla de ruedas. En general, me pareció una capital caótica, irresponsable, insegura y asquerosamente insolidaria, ideal para reír por no llorar. Los conductores se saltan semáforos y cuesta un huevo que se dignen a detenerse para que puedas cruzar en un paso de cebra. Increíble. Además, a las rampas cochambrosas y temerarias que, con suerte, encontraba en las aceras, se sumaba el hecho de que delante de dos de cada tres de estas rampas me topaba con un coche aparcado impidiéndome el paso. Esto también ocurre en Madrid y en todas partes, pero nunca lo había sufrido de forma tan sistemática.

Y a mi alrededor, para más inri, en las paredes sólo veía carteles con jetas de políticos terriblemente feos promocionándose de cara a las elecciones regionales. No sé qué diablos prometerán estos políticos en sus programas electorales pero seguro que nada relacionado con la eliminación de barreras arquitectónicas. Tampoco puedo tomarme en serio unas elecciones a las que se presenta hasta Leslie Nielsen...



Y, por fin, en medio de tanto elemento hostil, el sábado hallé un remanso de familiaridad en la habitación del hotel. En un canal italiano, emitieron "E.T. el extraterrestre", no la original de 1982 sino la innecesaria versión del vigésimo aniversario, pero a mí me supo a gloria igualmente. Incluso me gustó esa infame secuencia añadida con E.T. en la bañera.



Y por enésima vez escuché a E.T., en esta ocasión con doblaje italiano, añorando su casa y me sentí como él, echando de menos la mía, extrañando Vallecas y alegrándome infinitamente de vivir en Madrid. Perdido como estaba en una ciudad desconocida, "E.T." me resultó más emocionalmente devastadora que nunca. "Estaré aquí mismo", le dice E.T. a Elliott al despedirse. Y, en la víspera de mi regreso, me embargó del todo la morriña, y comencé a escribir una cartita muy cursi en una postal que compré para alguien. "Gracias por estar ahí, aunque sea al otro lado del teléfono, siempre que me encuentro solo y asustado", escribí en la postal...

FUNDIDO A NEGRO