24 Marzo 2006

140. Parejas y mocos. INT./NOCHE



Hace tiempo, supongo que en medio de alguna charleta estúpida, Nauzet dijo algo que aún hoy perturba mi sueño. Afirmó, como si nada, que es muy fácil saber cuándo estás realmente enamorado... Según él, sólo amas a alguien de verdad si sientes que eres capaz de comerte un moco de esa persona sin dudarlo y sin asquearte lo más mínimo. Definitivamente, y por esta regla, puedo asegurar que en mi vida jamás ha aparecido alguien cuyos mocos me apetezca comer... Conclusión: jamás he estado enamorado.

Irene y Yeray constituyen una de las varias muestras de pareja estable que pululan a mi alrededor, entre mis amigos. También están Carlos y Zuza, Aarón y Davinia, Nacho y Cristina, Eneko y Estíbaliz, Sonia y Antonio, Ruth y César... Pienso en todos ellos, en sus compromisos de vida en común y a largo plazo, y me acojono vivo. Ruth incluso está esperando un deseado bebé. Si con lo otro me acojono, con el tema de los bebés, directamente, me entra diarrea inmediata... En la foto de abajo, Carlos y Zuza disfrutan de su llameante amor rodeados de gélida nieve polaca.



A punto de cumplir veintiocho años, mi inmadurez sentimental consigue que eso de la vida en pareja a mí todavía me suena a chino, a indeseable utopía, a anhelo que no va conmigo. Será por mi imbécil inconsciencia, pero me temo que soy experto en huir por patas en cuanto se vislumbra en el horizonte la posibilidad de comer algún moco ajeno... Quita, quita.

Fue bonito mientras duró, pienso, pero es mejor que algunos historias no se alarguen más de lo justo. El otro día Pablo me regaló el DVD de "La mujer de al lado", de François Truffaut, que yo no había visto. Hay un momento de la peli en el que Bernard (Gerard Depardieu) sentencia: "En todas las historias de amor hay un principio, un intermedio y un final". Creo que, por defecto, evito los intermedios, que lo mío es provocar un abrupto y deslucido final en cuanto la historia apenas acaba de arrancar. Y así vivo atrapado en un eterno primer acto, en busca de un intermedio soportable y a la espera de un final medianamente convincente... Hay demasiadas historias incompletas.

Y compruebo con terror que, de un tiempo a esta parte, el pánico se apodera progresivamente de algunos amigos, que la necesidad de encontrar a alguien se vuelve especialmente acuciante a medida que crecemos, que algunos y algunas incluso tienden a autoconvencerse de que han hallado a la mujer o al hombre definitivos en cualquier espécimen que se cruza en su camino. Que aparezca alguien y que aparezca ya: ése parece ser el deseo prioritario que lo impregna todo, que marca cada paso. Y lo peor es que, a ratos, mis queridos y angustiados amigos consiguen contagiarme el pánico y que me falte el aire al pensar en el futuro. Y me siento un bicho especialmente raro por creer que hay vida más allá de etiquetas, parejas, fidelidades, compromisos y llamadas telefónicas diarias. Claro que luego tengo que aguantar que me digan eso de "lo dejamos porque esto no va a ninguna parte". ¿Mande? ¿Que no va a ninguna parte? ¿Y a dónde tiene que ir? A mí que me den un mapa, que me pierdo...

Ayer iba en el autobús y escuché una conversación entre un chico de unos veintidós años, con atuendo bakala, y un señor mayor que tenía pinta de ser su vecino o algo así. Y el chico joven afirmaba muy convencido: "A mí antes sólo me gustaba ir de marcha con mis colegas, la juerga y emborracharme... Pero con mi novia me ha tocado la lotería, ya no quedo con mis amigos y sólo me apetece estar en casita con ella, tranquilitos". Menuda lotería... "Si es que no hay nada más bonito que una pareja enamorada", le respondió el señor mayor. Putos bakalas cursis... Debí haberme puesto los cascos para no escuchar tanta sandez...

Basta. ¿Sabéis qué os digo? Que me estoy hartando. Que nadie me hable del amor ni de encontrar a alguien ni de comer mocos. Seguiré dirigiendo historias como "Nuestro propio cielo", que harán flaco favor al concepto de pareja estable y convencional. Y fomentaré una incansable apología de los cuernos, de los rollos de una noche, del sexo cerdo y sin sentimientos y del "si te he visto, no me acuerdo". Allá vosotros con vuestras parejas, juraos amor eterno y procread como conejos si os da la gana. Y dejadme en paz, que yo, mientras tanto, seguiré siendo, y a mucha honra, un pendón desorejado.

FUNDIDO A NEGRO