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11 Marzo 2006
133. Redecorando mi vida. INT./DÍA

Hace unas semanas, mis padres pasaron unos días en Madrid. Aprovechando su visita, me convencieron para hacer algunos cambios en la distribución mobiliaria de mi humilde hogar vallecano. "¿Para qué quieres un salón tan grande si no lo usas?", preguntó mi padre. "¿No es mejor que conviertas el salón en tu dormitorio y que lo es que es tu dormitorio lo dejes como salita de estar?", preguntó mi madre. Yo me empané mucho ante tanta sugerencia y acabé accediendo a todo como el hijo borrego que soy... Me pareció buena idea. En mala hora...
Así fue como mi salón se transformó en una especie de amorfo dormitorio-salón-estudio y lo que era mi dormitorio mutó a algo parecido a un sucedáneo de sala-armario-comedor... o yo qué sé. Un lío. Por si no me encontraba ya bastante desorientado hasta entonces, esta nueva distribución sólo ha servido para que también me sienta perdido incluso en mi propia y reducida casa... Perderse en cincuenta y ocho metros cuadrados es posible. Lo que me faltaba...
En lo que antes era el salón, mis padres ubicaron la cama y la mesa con el ordenador, que se sumaron al mueble con el televisor grande y el home cinema cutre y a una estantería con revistas, trofeos de premios cortometrajísticos y libros que no he leído. Por otro lado, a lo que era mi dormitorio trasladaron el sofá y una mesa multiusos, que colocaron junto al armario empotrado con mi ropa, cerca de un mueble con un televisor pequeño y de otra estantería con libros y DVD's. En resumen, todo quedó mezclado, disperso, a medio camino entre una cosa y otra: mi salón ya no era un salón como tal y mi dormitorio tampoco era ya un simple dormitorio. Era otra cosa, no sé qué, pero otra cosa...
De este modo, comencé a dormir en mi antiguo salón y a vestirme en mi antiguo dormitorio, a comer unos días aquí y otros allá, a encender ambos televisores porque no sabía bien cuál debía ser la habitación "de ver la tele", a recibir visitas en el nuevo pseudosalón pero también en el nuevo pseudodormitorio... Qué follón. Con los roles de mis habitaciones totalmente alterados y difusos, mi estado de ansiedad doméstica ha rozado estos días extrañas cimas de desconcierto.
La nueva distribución de la casa contó desde el principio con claros detractores, con Cucún como líder de las voces discordantes. Ayer, en un arrebato de histérica hiperactividad y sin casi hablarlo, Cucún devolvió la cama a su ubicación original y trajo de nuevo el sofá al salón, recuperando, de esta manera, parte del orden natural del piso... En apenas un cuarto de hora, la cama atravesó el pasillo y el sofá la sustituyó en el salón, que ahora casi parece de nuevo un salón en toda regla. Y anoche, finalmente, volví a dormir muy a gusto en la habitación en la que, exceptuando este paréntesis de un par de semanas, he dormido durante los últimos cuatro años.
Definitivamente, odio los cambios y, con esta estúpida historia de muebles que van y vienen, me he dado cuenta de lo mucho que necesito una cierta lógica convencional a mi alrededor, de la tranquilidad que, en el fondo, me aporta la asquerosa e inamovible rutina y de cuánto se agradece el hecho de que cada cosa tenga su sitio... Creía que me acostumbraría a mi casa distribuida incoherentemente, pero no, no me gusta dormir en el salón, ni comer junto al armario de la ropa...
La patética moraleja se reduce a que algunos cambios resultan absurdos, aunque en un principio los consideremos adecuados y convenientes. Debo reprimir mi habitual tendencia a poner mi mundo patas arriba, porque esto únicamente sirve para que, poco tiempo después, termine deseando fervientemente que todo vuelva a ser como antes. Y es algo que no sólo estoy experimentando a nivel mobiliario... Ya no hablo de camas y sofás, sino de las personas a las que acudimos cuando necesitamos escapar, de sentimientos también reordenados recientemente, de antiguas complicidades que ahora regresan como si nunca se hubieran descolocado... Salvo algunos detalles, parece que todo es como antes. Parece que ya hemos conseguido olvidar las lágrimas, los reproches, las vajillas rotas y los motivos del distanciamiento.
Tecleo desde mi salón, de nuevo con sofá, y me alegro de sentir en este momento, aunque quizás se trate sólo de un fugaz espejismo, que hoy... todo está en su sitio.
FUNDIDO A NEGRO
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