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03 Mayo 2005
10. Por mucho que el mundo gire. INT./DÍA

Hace una semanas, y casi por casualidad, retomé el contacto por correo electrónico con Amaia. Creo que no sabíamos apenas nada el uno del otro desde principios de siglo más o menos.
Amaia y yo fuimos muy amigos durante mi primer curso en Salamanca. Solíamos ir al cine todos los miércoles, como un ritual ineludible, siempre a ver la película más rara que encontráramos en la cartelera de los cines Van Dyck. Recuerdo que con ella estaba prohibido el cine americano de los grandes estudios, por lo que la elección oscilaba siempre entre cine europeo, sudamericano o estadounidense pero muy independiente. Rohmer, Von Trier, Téchiné, Tavernier, DiCillo, Sayles o Wenders eran nuestro pan de cada miércoles.
Luego apareció en mi vida mi amigo Oset. Amaia no tragaba a Oset, pero, aún así, yo hice algún esfuerzo desesperado por conseguir que ambos se toleraran durante ratos sueltos. Incluso un miércoles fuimos los tres juntos a ver... "Deep impact". Definitivamente, aquel fue el final de la era indie con Amaia: nuestro ritual mancillado y denigrado por obra y gracia de la primera gran producción catastrofista de Dreamworks. Seguro que ese día Rohmer sufrió un amago de infarto en su casa de la campiña francesa. ¿Pero cuántos años tiene este hombre?
En su último e-mail, Amaia me pone al día con unos cuantos párrafos y con su habitual y divertida concisión. Tras ir de aquí para allá, me cuenta que se ha instalado en su pueblo natal, Tolosa, y que tiene hasta novio formal. Me hace gracia, no la imagino. "Ay, txiqui, que no somos nada, la vida... ¡qué vueltas que da!", me dice en el correo. Pues es verdad.
Patri en Berlín
La mejor amiga de Amaia era otra compañera de clase, Patri, una tía genial con la que yo también hice buenas migas. Recuerdo que Patri detestaba a los andaluces, aunque nunca supe bien por qué.
Me viene ahora también a la cabeza el verano que pasé en Madrid en 1999, haciendo prácticas en Torrespaña. Coincidí un par de días en la gran ciudad con Amaia y con Patri, que estaban de paso hacia no sé dónde, y agradecí mucho encontrar caras conocidas en semejante jungla calurosa. Lo pasamos bien, y una noche cruzamos la Castellana por un tramo sin semáforos. Casi morimos aplastados por una furgoneta. Eran tiempos locos, y fue un verano extraño, en el que, por lo general, no hice demasiado caso de los semáforos.
A lo que iba: que Amaia me cuenta además que Patri vive en Berlín, que se enamoró de un polaco y que acaba de dar a luz un bebé... Qué pasada. "Por mucho que el mundo gire, hay cosas que no cambian", escribe Amaia casi al final de su e-mail. No sé yo...
Efectos secundarios
La cuestión es que el tiempo vuela, arrasa con todo, y cuesta averiguar en qué punto del torbellino se encuentra uno anclado. Hablando del implacable tiempo, Miguel cumple hoy treinta años; Miguelito se transforma en Miguelón, y se une a la quinta treintañera de Virginia o del viejo de los viejos, Eneko, que este año se convertirá en un musculitos de treinta y uno, con rumbo irreversible hacia una anabolizada tercera edad. Ja.
Menos mal que yo aún soy un pipiolo de veintisiete, con acné y todo. Por cierto, hoy he tomado mi cuarta píldora de Flexresan, mi tratamiento definitivo contra los granos. El prospecto es de los temibles...
En "efectos secundarios graves", el prospecto dice: "Si sufre algún tipo de alteración mental o si presenta signos de depresión durante el tratamiento, comuníquelo al médico". Lo haré. Si ahora resulta que el Flexresan va a tener la culpa...
FUNDIDO A NEGRO
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