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20 Febrero 2006
126. Drama de un canguro. INT./NOCHE

Hoy he vivido un momento de pletórica felicidad inesperada...
Resulta que esta tarde Tilo me devolvió al fin el colgante del canguro de "Vuelco" con la pata amputada (ver secuencia 124). La devolución se produjo durante el transcurso de un encuentro entre el propio Tilo, Guillermo y yo en una hortera cafetería de nombre "Estela"...
Tilo se empeñó en envolverme el colgante en servilletas para que yo no me enfrentara en la misma cafetería a la visión del canguro sin pata. "Ya lo verás cuando llegues a casa", me dijo. De este modo, se descolgó el canguro de su cuello ocultándolo con sus manos y le fabricó un improvisado envoltorio de servilletas varias que finalmente ató con dos palillos de ésos de quitarse restos de comida entre los dientes.
Salimos de la cafetería y acompañé a Tilo y a Guillermo hasta la boca del metro. Regresé a mi hogar y fue justo al llegar cuando descubrí la más terrible de las fatalidades: no sé cómo pudo ocurrir, será que estoy hecho un verdadero gilipollas despistado, pero me dejé en la cafetería, sobre la mesa, el colgante tan bien envuelto por Tilo...
La angustia me poseyó inmediatamente. Conté el olvido a Aarón y a Alfredo, que estos días se están alojando en mi casa, y no lo dudé: debía volver a la cafetería para, de cualquier manera, intentar recuperar el canguro. Aarón y Alfredo me acompañaron en la operación de rescate. Y así lo hice: volví a la cafetería para sentirme especialmente patético...
"¿Recuerdas haber recogido un envoltorio de servilletas atadas con palillos?", pregunté tristemente a la camarera señalando la mesa que un rato antes habíamos ocupado Tilo, Guillermo y yo. La camarera me miró con gesto incrédulo y descubrí que hablaba con acento portugués y que le costaba entender lo que le estaba preguntando. "He encontrado un mechero", me respondió ella. No, no he perdido ningún mechero...
Continué explicándome inútilmente, describiendo a la chica el paquetito de papel improvisado por Tilo. "¿Pero qué era?", preguntaba la camarera repetidamente, intentando comprender la razón de mi alarma. "Pues unas servilletas que envolvían un colgante con forma de canguro", contestaba yo una y otra vez. Y ella, con actitud desidiosa, negaba constantemente con la cabeza, con cara de "¿me estás diciendo que se te ha perdido un amasijo de servilletas?" y empatizando con mi pérdida menos aún que si le hubiera narrado el extravío de un zurullo de rottweiler.
"¿En qué papelera echáis la basura de las mesas?", pregunté ya desesperado. La camarera me señaló varias papeleras, una en el interior de la barra, otra en la cocina... "Nunca lo encontrarás", vaticinó un odioso anciano cotilla al que nadie le había dado vela en este (nunca mejor dicho) entierro. La camarera echó un vistazo a la papelera. "Hay tantas servilletas...", comentó con desgana.
Me encontraba a punto de rogar a la camarera portuguesa que me permitiera a mí mismo introducir mis manos en la papelera cuando... se obró el milagro. Ella extrajo algo de la basura, algo que llamó su atención tras el primer vistazo: ¡el paquetito de servilletas con el colgante dentro! La camarera me entregó el envoltorio, manchado con vete tú a saber qué pegajosas sustancias basureras, y yo sonreí y respiré aliviado ante el hallazgo.
Sospechaba que, sin pata, el canguro ya no me gustaría tanto, pero he tenido que perderlo durante un rato para ser consciente de que realmente me encanta... Mi canguro amputado mola, aunque esta tarde me asusté con la trascendental importancia que de repente adquirió en mi estado de ánimo el extravío de un incompleto cacho de madera. De pronto, no existía nada más crucial que encontrar el jodido colgante ni nada más insoportable que el asfixiante vacío de la sensación de pérdida...
Es curioso lo de las cosas que sin querer extraviamos para luego alegrarnos tantísimo al recuperarlas, porque hacía un montón que no experimentaba un arrebato de felicidad como el que me embargó cuando la camarera halló en la basura el envoltorio con el colgante. Creo que mañana haré lo imposible por perder de nuevo algún objeto que me importe. Todo con tal de rebuscar en la papelera para encontrarlo y volver a sentir durante unos minutos la absurda alegría de esta tarde...
FUNDIDO A NEGRO
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