27 Diciembre 2005

101. Texto sin foto. INT./DÍA

Siempre que dos personas dejan de ser lo que eran, hay mil maneras de reaccionar tanto por una parte como por otra. En una tesitura de este tipo, me temo que yo sólo conozco una forma de afrontar el asunto: convertirme en un desquiciado inmaduro...

Soy consciente de que ya he dado vueltas en estas líneas sobre este cansino tema de la vida tras una ruptura de lazos, pero es que, anoche, una rutinaria conversación de Messenger degeneró inesperadamente hasta poner de nuevo patas arriba mi mundo viciadamente circular. Y que conste que me sé de sobra la teoría y el manual del perfecto ex. Y una y otra vez me repito a mí mismo la consigna general: que debo comportarme "como un amigo", con cordialidad, distensión, naturalidad y civismo, pero el problema es que, por más que lo intento, a mí no me sale. No me siento capaz.

Además, el Messenger es una puta mierda: una herramienta enfermiza para cobardes como yo; una palestra ideal para exponer trapos sucios a traición, para escribir lo que uno no se atreve a pronunciar cara a cara, para extraer de la chistera molestas confesiones tardías, para marear la perdiz o para finalmente fingir que no pasa nada a fuerza de iconos sonrientes que sacan la lengua o alegres signos de exclamación.

Será por mi perenne vena de guionista, por mi constante búsqueda de conflictos o por mi consolidada adicción al drama, pero, cuando dos personas dejan de ser lo que eran y yo soy una de ellas, me transformo en una versión monstruosa de mí mismo. Conmigo, la naturalidad, la amistad normalizada y todo ese rollo se van a la mierda a la mínima de cambio.

Y me vuelvo bruto, ciego, sordomudo, torpe, plasta y testarudo: un tipejo rastrero, dañino, tóxico y casi radiactivo. Sin querer, me torno una máquina de lanzar improperios malintencionados, una metralleta de comentarios inoportunos y malsanos. La boca me traiciona y también, sobre todo, los dedos que teclean en la ventana del Messenger. La cago, pido perdón y vuelvo a cagarla dos minuto después. "Creo que soy experto en alejar a la gente de mí", tecleé. "No, eres experto en alejarte tú solito de la gente", me contestó.

Y luego, cuando la mala conciencia no me deja dormir, me arrepiento y doy nuevas muestras de absurda cobardía enviando e-mails redundantes o noctámbulos mensajes de móvil en busca de una pizca de comprensión. Y me autoflagelo, y me maldigo una y mil veces por portarme así con alguien que me tiende su mano y a quien de verdad aprecio mogollón.

Para contradecir a aquéllos que sostienen que en esta página sólo me dedico a lanzar mensajes entre líneas, hoy escribiré un mensaje muy claro, pero sólo puede leerlo la persona a la que va dirigido. Al resto os pido que cerréis los ojos o saltéis directamente al siguiente párrafo. Aquí va: Estoy hecho un gilipollas, perdóname, quiero que sigas ahí.

Ya veo que me habéis obedecido todos... También habréis notado que en esta secuencia no hay foto en la cabecera. Y es que, tras mucho recalentarse y apagarse de cuajo, mi portátil está en el taller, así que estoy escribiendo desde mi arcaico primer portátil, una verdadera y renqueante antigualla comprada allá por 1996 y en cuyo disco duro no hay Photoshop ni fotos ni leches. Además, no se me ocurre ninguna foto para este texto...

Me hace falta un nuevo ordenador portátil, pero en la carta a los Reyes Magos daré prioridad a mi principal y más acuciante necesidad en este momento: un curso acelerado de madurez sentimental.

FUNDIDO A NEGRO