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12 Diciembre 2005
93. Las primeras sensaciones. INT./DÍA

Froid me ha regalado su orgasmatrón. Es esa cosa que veis arriba y que parece una versión metálica de los bichos abraza-caras que aparecen en las pelis de "Alien". "A mí ya no me hace efecto", me aseguró Froid con desdén...
Supongo que la mayoría de vosotros ha probado este invento alguna vez. Se aplica sobre la cabeza y sus púas estimulan y masajean nuestras terminaciones nerviosas, provocando un placentero estremecimiento o casi un breve y relajante orgasmo. Pero estoy descubriendo que Froid tiene razón una vez más: el placer que provoca el orgasmatrón es inversamente proporcional al número de veces que lo aplicas sobre tu coco. Es decir, cuanto más lo utilizas, menos gusto da.
La primera vez que alguien aplica esta cosa sobre tu cabeza, la sensación es flipante; el estremecimiento es absoluto. Pero Froid ha abusado del orgasmatrón, como abusa de la cantidad de pajas que se hace cada día o del número de archivos que descarga simultáneamente con el eMule.
Lo malo es que yo, inevitablemente, estoy siguiendo los pasos de Froid: durante los primeros días me volví adicto al bicho metálico y, tras mucho deformar las púas con el uso continuado, su masaje capilar casi me deja indiferente a estas alturas.
Ahora que me acuerdo, el otro día Axel coincidió con Froid y conmigo a la hora de afirmar que el orgasmatrón sólo merece la pena la primera vez y, como mucho, la segunda y la tercera, cuando tu cabeza aún no se ha acostumbrado del todo a la sensación que produce.
Axel es un tío inteligente y quizás me gusta hablar con él porque no tiene ni idea de cine y porque realmente se la suda todo eso que supuestamente conforma la espina dorsal de mi vida: el séptimo arte, los datos cinéfilos absurdos, las ínfulas de posteridad y otras chorradas semejantes. Y no es fácil encontrar gente así a mi alrededor.

Con Axel, mientras él soportaba que le apuntara con mi cámara, también hablé de primeras y tormentosas sensaciones. En el fondo, el orgasmatrón viene a ser un reflejo de lo que a menudo parece ocurrirnos a muchos en las relaciones que entablamos. Anda que no mola el primer cosquilleo en el estómago, anda que no estremece el primer hormigueo en la columna cuando tu mirada se encuentra con la de la persona adecuada...
Pero uno abusa de estas primeras y placenteras sensaciones. Te vuelves adicto a ellas, no dosificas tu entusiasmo y pronto te cansas... o se cansan. Desaparecen los cosquilleos y sólo queda la posibilidad de repetir lo ya sentido, lo ya experimentado. Y llega el desencanto, y enseguida se impone la imperiosa y acuciante necesidad de hacerte con un nuevo y flamante orgasmatrón, uno con sus excitantes propiedades intactas, listas para ser estrenadas. Y vuelta a empezar.
Mi orgasmatrón, por tanto, es ya inservible. De nada sirve que me aferre a él ni al recuerdo de antiguos hormigueos. Necesito uno nuevo con urgencia, así que elegiré entre varios disponibles en el mercado. Y he decidido que optaré por el más complejo, por el menos simple, por el menos aburrido y previsible.
Elegiré, en definitiva, el orgasmatrón que cuente con mayor número de púas, para descubrirlas poco a poco. Descubrir lo que se esconde detrás de púas desconocidas es siempre un buen remedio ante la rutina y las sensaciones estancadas.
FUNDIDO A NEGRO
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