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08 Diciembre 2005
91. El terreno de juego. EXT./DÍA

El otro día conseguí vencer mi pavor a añadir un nuevo enganche televisivo a mi lista y al fin decidí enfrentarme al primer episodio de "Anatomía de Grey", esa serie que en Estados Unidos cuenta con veinte millones de seguidores cada semana y en España, en sus emisiones en esa cosa llamada Cuatro, agoniza con apenas un 2.5 por ciento de share.
Supongo que las vicisitudes de Meredith Grey no merecen ni tanto ni tan poco, si bien su capítulo piloto resulta modélico en cuestión de ritmo, a la hora de entrelazar drama, casos médicos y comedia y también en lo que se refiere a la presentación de los personajes y de las tramas venideras.
El episodio narra el primer turno de veinticuatro horas de cuatro jóvenes cirujanos internos en un hospital de Seattle. Y, como no podía ser de otra forma, los cuatro viven una primera jornada infernal e interminable, repleta de miedos, incertidumbres e inseguridades que se mezclan con momentos de humor y paradoja. Ya se sabe, se ríe uno por no llorar.
Por cierto, Meredith (en la foto, la primera por la izquierda) está interpretada por Ellen Pompeo, descubierta en una de mis películas favoritas de hace unas cuantas temporadas: "El compromiso (Moonlight mile)", de Brad Silberling. El muchacho moreno se llama T.R. Knight y casi debuta con esta serie. Y las otras dos compañeras de azul son Katherine Heigl, que hacía de extraterrestre buenorra en "Rosswel", y la muy incómoda de mirar Sandra Oh, esposa de Alexander Payne y una de las chicas de "Entre copas". Eso sí, no me digáis que no mola el apellido de Sandra. ¡Yo quiero llamarme Roberto Oh!
Creo que lo que más me gusta de "Anatomía de Grey", no obstante, es su viaje al interior de una profesión, la de cirujano, cargada de sufrimiento y desazón. Y, a pesar de ello, los protagonistas están enganchados irremediablemente a esta forma de vida, a ratos satisfactoria pero también, la mayor parte del tiempo, expuesta a muertes, vísceras, impotencia, lágrimas y dolor ajeno. Y, aún así, no se conciben dedicándose a otro trabajo ni viviendo de otra manera.
Salvando todas las distancias en cuanto a la responsabilidad y la complejidad de la cirugía, la analogía entre Meredith Grey y los que nos dedicamos a algo como el cine se me antoja inmediata. "Ojalá hubiera sido chef o monitora de esquí o profesora de guardería", se lamenta Meredith en un momento del episodio.
Y es verdad: ¿por qué me empeño en ser director de cine si puedo dedicarme a la charcutería, a vender enciclopedias o a desplumar pollos para Kentucky Fried Chicken? ¿Para qué sufrir sacando adelante proyectos en los que sólo tú crees? ¿Qué sentido tiene tanta frustración, tanto desencanto, tanto monedero vacío, tanto comerse el coco y tanto tiempo muerto? ¿Por qué no elegir un camino más fácil, más controlable?
"No se me ocurre ningúna razón por la que quiera ser cirujana, pero se me ocurren miles para pensar en dejarlo", dice Meredith en off. "Llega un momento en que es mucho más que un juego. O das un paso adelante o te das la vuelta y te marchas. Podría dejarlo, pero pasa una cosa: que me encanta el terreno de juego", añade.
Pues te pasa como a mí, Meredith Grey. Que levanten la mano los masocas adictos al terreno de juego. Un hurra por aquellos que caminan sobre arenas eternamente movedizas. Larga vida a los grandes sueños...
FUNDIDO A NEGRO
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