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29 Noviembre 2005
87. Tiempos de tormenta. EXT./DÍA

Lanzarote es hoy casi una zona catastrófica. Anoche, los vientos de más de 130 kilómetros por hora arrasaron con todo. Mis padres y mi hermana me lo contaron esta mañana con gráficos detalles: zonas sin electricidad, antenas arrancadas, árboles partidos, cristales rotos, muros derrumbados... Como en "Twister" o en "El día de mañana" pero en versión canaria y sin los efectos visuales de Industrial Light & Magic.
Tras arrasar las islas más occidentales, la famosa tormenta tropical "Delta" tardó en llegar a Lanzarote. A mediodía y por aquello de la precaución, los colegios enviaron a los niños a casa y en muchos trabajos se interrumpió la jornada laboral. Yo hablé por teléfono con mi madre varias veces en la tarde-noche de ayer y en la isla conejera todavía no se apreciaba ninguna novedad. "El cielo está nublado, sólo eso", me confirmó mi madre a las siete y pico de la tarde.
Cuando parecía que la tormenta bordearía Lanzarote y ya la gente empezaba a relajarse e incluso a cachondearse de tanta alerta y tanta precaución, el viento comenzó a soplar. Y lo hizo salvajemente desde las once de la noche hasta las cuatro de la madrugada más o menos. Y allí nadie pegó ojo.
Mi hermana, que ya es muy catastrofista de por sí, asegura que el acoso del viento fue indescriptible, que tenía la sensación de que las paredes serían arrancadas de cuajo en cualquier momento y que constantemente se escuchaba el ensordecedor impacto sobre techos y ventanas de vete tú a saber qué objetos voladores... Por cierto, las fotos de arriba las he pillado sin permiso alguno de Diario de Lanzarote.
Tenía que haber estado yo allí, convertido en una réplica cutre de Helen Hunt o de Bill Paxton en "Twister". Es curioso lo de las tormentas que lo ponen todo patas arriba, evidenciando la irremediable inestabilidad de un entorno en el que nos autoconvencemos para sentirnos a salvo. Y de repente llegan los vientos huracanados y tu mundo seguro se esfuma, se volatiliza. Y esto pasa incluso en aparentes paraísos de bienestar como Lanzarote.
En Fuerteventura, el brutal viento provocó la caída desde el tejado de su vivienda de un hombre de sesenta y tres años que en ese momento amarraba unas planchas. Murió en el acto... Yo suelo encontrarme más seguro en mi casa de Lanzarote que en la de Madrid, pero, en el fondo, es contradictorio lo mío: siento que no tengo miedo a la muerte, pero me aterroriza la idea de morir volando por los aires, degollado o descuartizado, absorbido por un socavón callejero o aplastado por un andamio cuando voy por alguna acera en obras. Creo que lo que ocurre de verdad es que a todos nos molaría elegir cómo palmar y yo aún no sé con claridad de qué manera me gustaría dejar de existir.
Últimamente también se me ha metido en el coco que mi caldera está averiada (hace ruidos raros) y que pronto explotará y yo con ella. Me temo que mi madre nos contagió a mi hermana y a mí la certeza de que hay un peligro detrás de cualquier esquina. Mi madre es experta en prever peligros a priori estrambóticos, pero a veces la realidad le ha dado la razón.
Supongo que sólo necesito sentirme a salvo aunque sea un ratito, unos minutos. Y he llegado a la conclusión de que la sensación de estar a salvo nada tiene que ver con el entorno físico que te rodea. Tiene que ver con las personas. Y con los abrazos... Sólo si te abraza la persona adecuada, te sentirás a salvo. Por eso hay abrazos que no deberían terminar jamás.
Vale, paro ya, que hoy os estaré deprimiendo a saco. Debe de ser porque hace muy poco me ha tocado soportar una horrible reunión de mi comunidad vecinos. Y eso deprime en grado sumo. ¿Quién diablos inventó estas reuniones?
En cualquier caso y volviendo al detonante de esta secuencia, aunque la tormenta haya remitido, no os confiéis. La calma es sólo aparente. Abrochaos el cinturón. Se acercan tiempos turbulentos.
FUNDIDO A NEGRO
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