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10 Noviembre 2005
79. Olores. INT./NOCHE

Apenas cuarenta y ocho horas después de regresar de Sevilla, mi cutre bolso rojo para viajes breves vuelve a estar preparado. Dentro del bolso, lo de siempre: ropa sin planchar de la que suelo vestir habitualmente y el cansino pero imprescindible cargador de mi silla. Próximas paradas: Cáceres y Badajoz.
Disfruté medianamente durante mis dos jornadas en Sevilla, pero me da pereza relatar lo acontecido allí. Lo resumiré. De lo vivido esos dos días, me quedo con mi encuentro inesperado con Sonia en la Estación de Atocha antes de montar en el AVE; con el recuerdo de Benito Zambrano recibiendo con mucha cercanía la copia de "Vuelco" que le regalé; con la noche en el lujoso Hotel Occidental; con la cálida acogida que brindaron al corto los estudiantes de la Facultad de Comunicación; con esa chica pidiéndome una copia de "Vuelco" para enviársela a su prima sorda, "que es muy romántica"; con mi agradable mini-paseo por las céntricas calles peatonales de la ciudad junto a Albert Espinosa, guionista de "Planta 4ª"; y con mi rápido café con Fede, que estaba en Sevilla por trabajo, minutos antes de subir a mi AVE de regreso.
Una peli en la que nadie creía
Me cayó muy bien Albert Espinosa. Él y yo compartimos el martes sesión mañanera en el salón de actos de la Facultad. Albert explicó el proceso mediante el que parió el guión de "Planta 4ª". Como ya es bien sabido, él mismo padeció cancer durante diez años y perdió una pierna a causa de ello. La peli es un reflejo de sus propias vivencias en el hospital.
Albert nos contó también los múltiples problemas de distribución que sufrió "Planta 4ª" antes de su estreno en salas. Ninguna distribuidora quería apostar por una supuestamente anticomercial historia de niños con cancer y sin pelo. Cuando Buena Vista se atrevió a lanzar al fin la película, el resultado provocó que muchos se tiraran de esos cabellos que le faltaban a Juan José Ballesta y compañía: "Planta 4ª" acabó convirtiéndose en un fenómeno entre todo tipo de públicos y recaudó siete millones y medio de euros.
Después de que Albert concluyera su exposición, empezó la proyección de "Vuelco" y, tras ella, hablé un poco, con mi miedo escénico de siempre y mi voz inevitablemente temblorosa, de la gestación del corto, de mis intenciones y blablaba. Y algunas personas del público hicieron unas cuantas preguntas que sirvieron para calmar progresivamente mis nervios.

Parece que a Albert le gustó sinceramente "Vuelco". "Tú y yo tenemos universos temáticos parecidos", me dijo cuando comenzamos a contarnos nuestros próximos proyectos (él dirigirá pronto su primera película). Y añadió una loca afirmación: "Tu corto huele a Goya". Ja. Me temo yo que no, pero muchas gracias, Albert.
Por supuesto, envío mi agradecimiento desde aquí a la gente de la organización de esta IV Muestra de Cine y Discapacidad. Me sentí muy a gusto y cuidado por todos ellos: Gonzalo, Trinidad, Mercedes, José María...
Por cierto, no creo que "Vuelco" huela a Goya, pero el aire de Sevilla huele... a aceitunas. En serio.
Nombres y etiquetas
En este día en el que he recibido muchas felicitaciones por las ayudas conseguidas para "El cielo sobre nosotros" e "(Im)perfecto" (gracias a todos), siento que tengo la cabeza en otro lado. Hoy he dedicado demasiado tiempo a pensar en musarañas, en historias que de repente se han topado con finales prematuros e inesperadamente desgarradores.
Me lo tengo merecido por ir a mi bola en esto de las relaciones interpersonales; por empeñarme en creer y demostrar que existe toda una gama de anárquicas, incontrolables y heterodoxas variantes a la hora de vincular a dos personas; por estar seguro de que la conexión entre mitades complementarias nada tiene que ver con nombres, etiquetas, compromisos, obligaciones, ataduras o mensajes de buenas noches.
Pero la realidad nunca me da la razón. Al final parece que se impone siempre la necesidad de buscarle un convencional nombre al asunto, y si ese nombre asusta o no gusta por igual al padre y a la madre, pues lo más fácil es cargarnos al niño recién nacido: un indefenso bebé que no sabe de normas ni prohibiciones y que realmente no hace daño a nadie. Yo me entiendo.
A vueltas con los olores, ahora llevo puesta una camiseta que huele raro. No penséis mal, no apesta por falta de higiene ni nada así, que soy muy aseadito. Es que desprende un híbrido de olores. Porque no sólo huele a mí...
Descanse en paz el pobre niño con nombre temible. Y la camiseta, a la lavadora ya mismo.
FUNDIDO A NEGRO
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